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    EMBRIÁGUENSE

    Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

    Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

    Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:
    “¡Es hora de embriagarse!"
    Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo,
    ¡embriáguense, embriáguense sin cesar!
    De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

    Charles Baudelaire

    Duele menos estar solo

     Otto René Castillo (1936-1967), poeta guerrillero capturado en la Sierra de las Minas con Nora Paiz, su amor, también combatiente, y quemados vivos el 17 de marzo de 1967, durante el gobierno de Méndez Montenegro. 
    De aquel combate según se cuenta sólo salvó la vida el legendario Pablo Monsanto. Vivió 31 años. 
    Dio a su pueblo su canto y su vida. ¿Qué más puede dar un poeta?

    Luis Cardoza y Aragón

    Creo
    que duele menos
    estar solo
    con tu recuerdo,
    bajo este cielo
    duro,
    bajo este viento
    espeso,
    bajo miradas
    agudas
    que preguntan:
    "¿Por qué sufren
    tus manos
    en las tardes'?
    "¿Por qué no vienes,
    sin la hoguera
    de su pecho
    lejano,
    y te diviertes
    con nosotras?"

    Poder
    asirse el alma
    sería eso.
    Y renunciar
    para siempre
    al sitio
    donde me espera
    el viento
    acariciando tus cabellos.

    Lo sabes.

    Contigo
    no me cabe el mundo
    en las venas.
    Pero sin ti
    soy demasiado pequeño,
    para esta calle
    de labios grises.
    Créeme, tu ausencia quema,
    alma mía.
    Y tu recuerdo duele.
    Ahora soy, por ejemplo,
    el esqueleto
    de una casa incendiada,
    que se duele
    en el fondo de la ceniza.
    Y grito: "Llevadme llamas
    con vosotras, a cualquier parte.
    No me dejéis ardido
    de escombros.
    Llevadme, en vuestros lomos,
    porque me duele
    el calvariento recuerdo
    de los pájaros que cantaron
    en mi techo, por las tardes."

    Y solo pasa el humo,
    frente a mis manos
    que claman sin escuchas.

    Así todos los días
    amante mía.

    Créeme, pero me duele
    más tu recuerdo,
    amor mío,
    que mi vencida soledad.
    Otto René Castillo



    Estábamos tan lejos el uno del otro.
    Mares había entre nosotros, montañas y agua.

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